jueves, 14 de agosto de 2014

Vía rápida al abismo - John Saxe-Fernández

Vía rápida al abismo
John Saxe-Fernández

El cuadro que describen las múltiples observaciones científicas sobre la dinámica climático/biológica registrada en 2013 y en lo que va de 2014 es tan amenazante, su orden de magnitud tan vasto y su compresión temporal tan sorprendente, que resulta vital preservar nuestra capacidad de imaginación, sorpresa o desasosiego conceptual. Como se asienta con solidez desde estudios e investigaciones ventilados por las principales instituciones y órganos de difusión de la ciencia contemporánea, más que en un “cambio” climático, vivimos al borde, si no es que en medio, de una ruptura o “colapso climático antropogénico” (CCA) en que están en juego la vida y la civilización. Desde Science se advierte que el aumento en la severidad de eventos tipo CCA en los próximos años es atribuible “a la inercia en torno a las emisiones de gases con efecto invernadero” –(GEI) CO2, metano– (que) “crea un potencial de calentamiento global para el siglo 21 comparable en magnitud a los mayores cambios de los últimos 65 millones de años, pero en órdenes de magnitud más rápidos” (www.ciencemag.org/special/climate p. 486).
Las llamadas de atención de la comunidad científica sobre el CCA no cesan, en particular, como dicen N. Diffenbaugh y C. B. Field, en “un contexto de extenso uso y degradación del suelo, junto a cambios en la frecuencia y severidad de eventos extremos” (Ibidem). El acortamiento de los plazos y el aumento en la temperatura se acentúan. Uno de los modelos más avanzados sobre el clima Ártico confirmó la observación de Peter Wadham, profesor de física oceánica de la Universidad Cambridge, de que habría un mar Ártico “sin hielo” en el verano de 2015, es decir, 85 años antes de lo previsto, con impactos militares, comerciales y ambientales por la explotación de petróleo, gas y minerales. De su lado la Organización Mundial de Meteorología (WMO, en inglés) anunció que en abril de 2014 “por vez primera en la historia humana se registró un nivel atmosférico de CO2 de 400 partes por millón (ppm) “llegando a un ominoso umbral del cambio climático” que continuaría en 2015 y 2016. Captada en el observatorio de Mauna Loa la cifra es más de 100 ppm más alta que en cualquier momento del último millón de años y quizá sea mayor que en los últimos 25 millones de años, por lo que Michel Jarraud, secretario-general de WMO, advirtió que “el tiempo se agota”...“Si vamos a preservar nuestro planeta para las generaciones futuras, necesitamos acción urgente para frenar nuevas emisiones de estos gases con efecto invernadero” (Reuters).
Ya los eventos severos están aquí y el impacto a futuro es grave: en mayo el programa sobre hielo polar de la NASA y Universidad de California informó que “...inició un colapso masivo de la capa de hielo en la Antártida occidental, probablemente imparable, que causará un aumento inevitable de los niveles oceánicos globales”. Se prevé que el evento culmine a fines de siglo, pero los científicos advirtieron que podría ocurrir antes “por la intensificación de la ruptura climática antropogénica”, según sintetizó Dahr Jamal (truthout.org). En 2012 la National Science Foundation de EU informó de una investigación paleoclimática cuyo principal científico dijo que “el estado natural de la tierra con los niveles actuales de dióxido de carbono (entonces de 396 ppm) corresponde a niveles oceánicos de unos 70 pies más altos”.
Pero por encima del enorme riesgo para la biosfera y para 99 por ciento, están los intereses del 1 por ciento y de los cabildos del petróleo, gas y carbón, que niegan o trivializan la encrucijada. A fin de calibrar el peso de esos intereses y de la inercia hacia el abismo, nada mejor que revisar el “Informe Especial sobre Inversión Mundial en Energía, 2014” de la Agencia Internacional de Energía (AIE), París Francia: de hoy hasta 2035 la inversión mundial acumulada en energía se estima en 48 billones (millones de millones) de dólares. De esa cantidad 40 billones se destinan al “suministro energético” y el resto a la “eficiencia energética”. La tajada mayor de 23 billones del rubro “sumistro” va a los combustibles fósiles y 10 billones se destinan a plantas generadoras, de los que 6 billones son para las energías renovables –bajas en carbono– y un billón para la muy peligrosa nucleoelectricidad, además de 7 billones para la transmisión y distribución de electricidad (p11). De los 8 billones en “eficiencia energética” hacia el 2035, “el 90 por ciento se invertirá en transporte, edificios y áreas potenciales para la eficiencia” (Ibidem).
Como bien sintetizó Fatih Birol, economista en jefe de la AIE, “hay un gran desencuentro entre las metas del cambio climático y las acciones que se toman en torno al mismo”. El estudio revela que la racionalidad y la ética están ausentes en la estructura y dinámica que asociamos al capitalismo del siglo XXI en que ni el colapso climático, mucho menos el futuro de la vida, de las generaciones actuales y de las que siguen, son de urgencia mayor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario